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Del kaos al logos (XXXXVI): Conocimiento del principio de Jerarquía
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Del kaos al logos (XXXXVI): Conocimiento del principio de Jerarquía

sábado 18 de enero de 2020, 00:51h
De un somero análisis de toda la naturaleza, especialmente en todos los grupos de seres vivos, comenzando por las plantas, deducimos que siempre impera una aparente jerarquía.

¿Qué es la jerarquía? Aquel cierto orden de mayor a menor, de más fuerte a más débil, o de más resistente o adaptado que otro individuo de su especie. En los animales lo observamos en el sometimiento y la preponderancia, así como el disfrute de privilegios exclusivos: Beber o comer primero, poseer a las hembras, marchar delante en la fila, etc. Sabemos también que el ser humano se desarrolla desde su nacimiento en un grupo organizado, y observamos que es consustancial a esta organización que la misma siempre funciona con el principio de Jerarquía. Alguien manda un poco más o dispone de más posibilidades que el otro, o la otra.

En los sistemas más desarrollados, las leyes suelen recoger los privilegios, derechos y deberes de cada individuo, o jefes de cualquier institución, o las atribuciones y poderes de los funcionarios públicos o demás autoridades políticas. Con ello, aunque parezca de forma indirecta, ya queda fijada perfectamente la jerarquía como si se decidiese por la fuerza física. En el pasado, de forma inconsciente e instintiva todas las viejas religiones e ideologías ya llevan implícita dicha escalera de mando. La Mitología Griega, Romana o Egipcia, así como las grandes religiones monoteístas llevan en su ideario una perfecta jerarquización de quién es el padre, el que más manda y las distintas escalas de la primacía de los dioses o santos.

¿Cómo opera la jerarquía? Con la mayor y mejor organización de todo el grupo para que en caso de necesidad se mueva ordenadamente, aunando fuerzas, para actuar como un verdadero grupo. Ésta determina por sus mandos superiores lo que cada individuo o sub-colectivo ha de hacer siguiendo las órdenes del Líder o de las élites de turno.

¿Por qué es necesaria dicha jerarquía? No solo es necesaria, es imprescindible. Porque solo de esa forma puede seguir un único camino, defenderse unidos de sus enemigos o depredadores, o atacar de forma coordinada a los grupos opositores. Ya más desarrolladas las culturas, ha sido la mayor y mejor jerarquía, representada por el orden y la férrea disciplina, la que ha marcado la supervivencia o destrucción de los pueblos y culturas al enfrentarse unas contra otras.

¿Qué faculta y favorece dicha jerarquía? El que cada miembro aprenda cuál es su puesto, cuáles son los mandos y cómo debe actuar y formarse para que él pueda alcanzar esos puestos superiores. A la vez suele determinar la especialización en el trabajo.

Visto así parece que la jerarquía solo dispone o faculta para cosas “buenas”. Es cierto que su influencia es mayoritariamente favorable, es imprescindible en cualquier GSO, pero como todo es una cuestión de equilibrio. ¿Dónde está el lado “malo” de dicha jerarquización? En el anquilosamiento de dicha sociedad. Cuando las culturas están muy desarrolladas y han alcanzado altos niveles de estabilización –que fue lo perseguido desde la idea generadora- esa sociedad se vuelve totalmente rígida. Esa no permeabilidad, o posibilidad de ascender por el mérito en dicha escala, provoca el desánimo, la paralización, el aburrimiento, la no exigencia para ascender, porque resulta imposible en la práctica. Cuando se dan esas circunstancias esa sociedad se pudre y se desmorona.

Ya dominamos el conocimiento de que al niño le motiva llegar a ser mayor y lucha por formarse, al pobre le motiva disponer de recursos y trabaja para alcanzarlos y aprender a manejarlos. Al aspirante en un deporte o profesión le motiva el aprender, adquirir experiencia y llegar a ser algún día de los mejores. Pero si ese camino se cierra, y, haga lo que haga, nunca podrá llegar, el desánimo aparece y todo se derrumba. Con la muerte de las ilusiones personales cae la tensión social y esa sociedad se vuelve improductiva y decadente. Si ya no hay una sana competitividad para alcanzar de forma ordenada mundos superiores o de mayor privilegio, ya no se valora el esfuerzo y el sacrificio, o, se haga el que se haga, este no tendrá éxito alguno.

Ya hemos aprendido a lo largo de la historia que el juego de las jerarquías es el siguiente: Primero, es imprescindible y ha de ser lo más clara y cerrada posible, para que todos los miembros del grupo sigan férreamente las decisiones generales adoptadas y no vaya cada cual a su aire. Segundo, se ha de formar lo mejor posible a sus jóvenes integrantes para que los mejores puedan alcanzar la cúspide de la misma. De esa forma el mérito provocará que se adopten las mejores decisiones del grupo, y tercero, esta ha de ser permeable para que no se vuelva rígida, se he de facilitar que el esforzado pueda, en la práctica, ascender por ella.

Cuando se dan equilibradamente los factores anteriores esas sociedades crecen y se multiplican, cuando no sucede así, o no llegan a formar nada, o una vez anquilosada esa cultura, poco tarda en caer como dunas de arena llevadas por el viento.

Sobre el autor

Carlos Gonzàlez-Teijòn es escritor, sus libros publicados son Luz de Vela, El club del conocimiento, La Guerra de los Dioses y de reciente aparición El Sistema, de editorial Elisa.

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