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Algunas lecciones en cuarentena
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Algunas lecciones en cuarentena

sábado 11 de abril de 2020, 01:16h

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Aún no es el momento de hacer balance de lo que está ocurriendo, entre otras cosas, porque todavía hay muchas consecuencias que deberán aflorar, pero si para hacer algunas reflexiones.

Nuestros amigos no se quedan atrás, hoy se toman su café juntos, pero en una house party, cada uno en su casa, pero viéndose y hablando. Nuestro marino comenta:

—Han pasado muchos días de confinamiento, se empieza a tener una visión de conjunto para evaluar y aportar algunas reflexiones que nos permita valorar las luces y las sombras de este proceso, y como no, aprender algunas lecciones de todo lo que estamos viviendo. Me molesta ese exceso de mentiras, intoxicaciones y extremismos que circulan por las redes; y también es paradójico esas proclamas infantiloides que parecen dirigidas a reconducir, edulcorar y anestesiar la opinión pública para minimizar esta grave situación. ¡Que fácil es manejar a las masas!

Nuestra joven profesora después de tantos días de confinamiento se le ve menos rubia que antes, pero sigue tan aguda y perspicaz.

—Es verdad que, a estas alturas, podemos aprender algunas cosas como que los «cisnes negros» existen, y estos hechos pueden hacer que nuestro modelo de vida, nuestros intereses o nuestra economía cambien en pocos días. Eso puede espolear cierto sentimiento nihilista del carpe diem latino, pero a lo mejor habría que aprender que no solo se puede vivir al día, que necesitamos cierta previsión, anticipación y prudencia en la gestión. Esa debería ser una lección para aprender, porque mucho de lo que hemos visto carece de esas cualidades.

Por la pantalla del ordenador se veía a nuestro marino con una barba de cuarentena y dice:

—Otra lección aprendida, ya muy manida, pero que parecía lejana y que no iba con nosotros, es que nuestra sociedad y su modernidad la hace muy frágil, que existen guerras muy letales en vidas humanas que no necesitan armas, pero con efectos devastadores sobre nuestra sociedad, nuestra economía y nuestro modelo de vida. Haremos bien en aprender algo de todo esto de cara al futuro.

—En un estado de shock, paralizados por el miedo y llenos de incertidumbres —siguió la profesora— por todo esto, hemos aceptado que en un instante se desmantelen algunos de nuestros derechos constitucionales, y hemos permitido que un estado de alarma se pueda convertir, de facto, en casi un estado de excepción, con nulo control parlamentario. Al margen de conceptos ideológicos, deberíamos aprender que nuestro paraguas, nuestros derechos y nuestra libertad está en la Constitución y no hay que permitir que nos la limiten con subterfugios.

Prosiguió el marino:

—En un estado de cosas como el que estamos viviendo solo la transparencia y el «espíritu de la veracidad» nos puede compensar parcialmente ese estado de alarma. Aunque la lección que podríamos aprender es que poner tanto poder en manos de gobernantes poco cualificados y excesivamente ideologizados es peligroso. Hemos visto como, con quince millones de euros, se puede manejar a los dos grupos mediáticos televisivos mayoritarios y con reducir la libertad de prensa mediante el filtrado de preguntas y evitando las repreguntas de forma directa, se consigue que se reciba una información exenta de datos precisos y muy edulcorada. Un coste bajo y muy fácil. La lección es que la concentración de poder es muy peligrosa, el equilibrio y el control de los políticos es imprescindible.

Nuestra joven profesora indicó:

—En los últimos tiempos hemos visto arribar una nueva generación de políticos con nula experiencia de gestión, con exigua formación intelectual, técnica o profesional, pero que calan su propaganda y mensajes populistas. Esta pandemia ha vuelto a poner encima de la mesa la importancia de un buen gobierno, la importancia de que al frente estén técnicos y expertos con reconocido currículo y prestigio, personas con capacidad de servicio, que lleguen a la política para servir y no para servirse. El gobierno de las cosas debe estar en manos de los más preparados. La meritocracia es una parte de la ecuación de la que hemos prescindido, pero para resolver esta ecuación es necesario que los más preparados en ciencia, sanidad, educación, economía o cultura quieran dejar de estar escondidos en sus laboratorios, hospitales o despachos y den un paso al frente. Aunque la demagogia y el descrédito de la política hacen que los buenos gestores no contemplen esta variable.

El marino comentó:

—Siendo más concreto, otra de las lecciones que deberíamos aprender es que nuestro estado autonómico, que cumple su función en algunos temas, ha demostrado que no se puede manejar un país con diecisiete competencias en determinados ámbitos. Hay elementos estratégicos para un país que no pueden estar desconectados, como son la sanidad, la seguridad, la justicia o la educación. El ministerio de Sanidad se ha demostrado que estaba vacío de competencias, por eso se puede cometer la frivolidad de nombrar ministro del ramo a un filósofo de medio pelo, y cuando se toma la medida de centralizar las compras se ve que no hay infraestructura, técnicos expertos, ni departamentos gestores. Conocer proveedores, logística, plazos o mercados eran imprescindibles para que funcionaran.

—Este tema de las competencias —siguió la profesora— ya ha sido comentado muchas veces, realmente tenemos muchas lecciones que aprender.

El marino, triste concluyó:

—Habrá tiempo de analizar otras lecciones, pero lo grave es que todo esto se ha traducido en vidas humanas, en personas. Esto no es un mercadeo de cifras, de sacar pecho, de tacticismo político o de propaganda para salvar las posaderas.

Se había hecho tarde, muchas cosas quedaban en la mente de nuestros amigos, aunque habrá oportunidad de comentarlo.

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