A pesar de la crisis, España ha conseguido subir al puesto 35 en materia de competitividad mundial gracias al impulso de factores como la formación, el uso de nuevas tecnologías o las infraestructuras.
España ha alcanzado la 35ª posición en el ranking de competitividad elaborado por el Foro Económico Mundial (FEM), lo que nos sitúa al nivel de países como Chile (34º), Omán (33º) o Kuwait (36º). Entre los miembros de la eurozona, España aparece como el décimo país más competitivo, por delante de Italia (49º), Portugal (51º) o Grecia (91º).
No obstante, la competitividad sigue siendo una asignatura suspensa para el país, que con una puntuación de 4,57 aún está lejos de países como Suiza (5,67 puntos), Finlandia (5,54), Alemania (5,51) o EEUU (5,48).
Entre los motivos por los que España ha subido un puesto, los autores del informe señalan las excelentes infraestructuras, el uso de nuevas tecnologías de la información y una población bien formada. Sin embargo, algunos de estos factores en los que destacamos están siendo los más afectados por los recortes del gobierno, como es el caso de la educación.
Las cuestiones con peores notas se obtienen en asuntos macroeconómicos, como el déficit presupuestario (145º de entre 148 países analizados) y la deuda pública (132º). En solidez de la banca ocupamos el puesto 127, el 116 en el número de trámites necesarios para abrir un negocio y el 121 en el porcentaje de importaciones en relación al PIB.
El mercado laboral, uno de los temas más controvertidos de los últimos meses, resulta uno de los principales lastres para la competitividad española, pues estamos a la cola en numerosas variables, incluyendo la flexibilidad salarial (131º), salarios y productividad (132º), contratación y despido (123º).