La reunión entre Merkel y Sarkozy en el Elíseo busca una alternativa para poner freno a los ‘rallies’ de los mercados de la UE.
Ante la amenaza del fantasma de una nueva recesión en Europa tras el arrastre producido por los países periféricos, la solución de los “Eurobonos” exige al Palacio parisino ser más “divino” que nunca en pos de un milagro que ponga calma a una crisis de la que algunos dicen eclipsa a la 1929.
La cumbre franco-alemana, que persigue mejorar la gestión económica de la Eurozona en una maniobra que ofrezca garantías a los inversores, busca calmar así la extrema volatilidad que asola los mercados. Un objetivo que, sin embargo, se vuelve paradójico dentro del propio seno de la Unión: la alternativa pasa por restar poder a la Comisión Europea y trasladarlo a los Estados. Lo que la literalidad política nombra en sus discursos como “mejora de la gobernanza de la zona euro” refleja un sentimiento que crece cada vez más entre de la población de estos países fuertes de la UE: una unidad económica que no es beneficiosa para ellos y lastra su crecimiento al tener que “cuidar” de unos estados que mintieron y malgastaron el dinero de sus impuestos.
El poder centralizado en Bruselas resta a estos países la capacidad para combatir el efecto negativo que las economías periféricas (España, Portugal, Italia o Grecia) han tenido, ya no solo sobre la Unión, sino sobre sus propias tasas de crecimiento. El parón alemán de la jornada de hoy (motor económico de Europa) ha disparado las alarmas y ha frenado en seco al resto de economías, quedando patente que la Unión Europea, para lo bueno y lo malo, de cara a los mercados se presenta como un conjunto que engrana sobre una misma rueda. Y que chirría.
Por ello, ante las pocas garantías que ofrecen las deudas de los diferentes países periféricos de manera individual (y forzados por los mercados a sacar en claro algún punto novedoso de la cumbre de hoy), la canciller alemana y el presidente galo estudian plantear la alternativa de los “Eurobonos”, destapando la paradoja del principio. ¿Qué significaría esta medida? La propuesta de aunar los bonos de deuda (participaciones que un Estado emite para conseguir dinero a cambio de una rentabilidad prometida para quien las compra) de todos los países de la Unión en uno único fortalecería en gran medida la seguridad frente a los mercados y, por extensión, este “paraguas económico” protegería a los países periféricos de nuevas amenazas de rebajas en el ráting por las agencias de calificación.
Una medida que choca de lleno con ese sentimiento que mencionábamos, presente entre la población de los países fuertes de la Unión. Alemania, artífice de las bondades que otorga la UE a sus miembros más débiles (económicamente hablando), se vería seriamente afectada con una medida así. ¿Cómo es que, entonces, puede llegar a hacerse efectiva? La idea de la “nueva gobernanza” tiene un claro origen alemán. Al no poder “romper” y restar poder a Bruselas (porque eso significaría romper con la Unión), y consciente de la efectividad que pueden tener la emisión de esos eurobonos, la canciller germana se guarda una carta en la manga y estaría dispuesta a aceptar las condiciones que se planteen (y aquí se destapa el as) si se crea en un futuro un Fondo Monetario Europeo (previsiblemente “controlado” por Alemania) que obligue a reducir los déficits presupuestarios que, precisamente, tienen esos países periféricos.
Una jugada en el tablero político comunitario que, lejos de ser un órdago, cambia las ciegas de cara a futuras partidas económicas, elevando el “coste de participación” y dejando ver que la UE se muestra “estridentemente” unida.