Más de 1000 detenidos, la mayoría jóvenes, se agolpan en las escalinatas de los juzgados de Westminster al mismo tiempo que los escombros se apagan en Birminghan. Un país entero centrado ahora en juicios “express” en el que la defensa aboga por la presión del resto del grupo y el juez estima que, al menos, los menores (más de la mitad) aún están a tiempo de volver a los libros y los pupitres.
Vandalismo al coste de 170.000 euros por detenido, en una demostración en la que, además de las formas, también se pierden las cifras. El porqué de tal reacción no encuentra sus motivos en el presente, sino en un pasado reciente que se ha arraigado a la mentalidad de los que están madurando y abrazan las nuevas ideas. Las malas ideas. La destrucción es un síntoma de impotencia, y la impotencia se produce cuando se quiere pero no se puede.
Por un lado, la cultura juvenil se está polarizando. Se le da más importancia al conflicto racial de la que se debe, muchas veces azuzados por un estilo y unos gustos (tanto musicales como artísticos) que apoyan estas ideas. Con un horizonte por delante al que se le suma la coyuntura económica actual, las posibilidades merman todavía más. Los continuados “tijeretazos” del Ejecutivo conservador en materia social han impactado de lleno contra las clases más desfavorecidas, contra esos núcleos antes llamados urbanos que ahora se esconden bajo las cenizas. Impotentes sus habitantes, ya que nada pueden hacer contra el sistema, dirigen su rabia hacia lo que sí está a su alcance, hacia lo que está en ellos: las malas ideas.
Apagado el infierno e inmersos ya de lleno en el purgatorio, en la sesión extraordinaria del Parlamento británico, el primer ministro, David Cameron, no ha descartado tomar medidas del mismo patrón que la propia sesión, como sacar el Ejército a las calles para restablecer y preservar el orden. Al propio Ejecutivo conservador se le suman los problemas a los ya existentes como la economía, su gran nivel de deuda y las críticas dirigidas hacia sus decisiones en materia social que se postulan como primeras desencadenantes de los graves disturbios que han asolado diferentes ciudades del país.