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Rajoy ha puesto al Rey en jaque con el oxígeno de Podemos
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Rajoy ha puesto al Rey en jaque con el oxígeno de Podemos

El presidente del Gobierno en funciones va a morir matando. Mariano Rajoy sigue extenuando al máximo todas sus posibilidades, a pesar de que la corrupción y el despropósito de su partido hagan sombra a una legislatura que sólo la principal figura de esta obra de teatro ve factible. No hay precedentes en nuestra historia ante una posible coalición de formaciones, como la que propone el líder del Partido Popular. La única experiencia similar se produjo, precisamente, cuando Aznar pactó con los partidos nacionalistas hace ahora dos décadas.

Nos encontramos inmersos en un tiempo nuevo. Un tiempo con sabor a añejo. Si nos remontamos al año 1996 podemos recordar el único antecedente con alguna similitud al estado de catarsis política actual. Por aquel entonces, José María Aznar se aseguraba la investidura con acuerdos de legislatura suscritos con CiU y PNV.

El PP obtuvo en las elecciones de ese año 156 diputados y, la diferencia más notable, es que entonces no había ninguna alternativa al Gobierno de Aznar. La situación se dilató al máximo, dos meses hasta la investidura del nuevo presidente y fue necesaria también una doble ronda de audiencias del Rey, en esa ocasión Juan Carlos I, con los portavoces parlamentarios.

Asimismo, hace dos décadas se especulaba con la repetición de elecciones, algo que parece querer evitarse en la actualidad por todas las formaciones. En aquella época el PP y los nacionalistas partían de una posición alejada, al contrario de lo que ocurre en nuestros días, cuando parece que son más los puntos de confluencia de las formaciones que sus diferencias.

Aznar se decantó por formar equipos de negociadores con cada uno de los partidos cuyos votos necesitaba (CiU, PNV, Coalición Canaria), incluso llegó a intervenir cuando las conversaciones se atoraban. Tras proponer el Rey al líder del PP, pasaron 21 días hasta que el presidente de las Cortes convocó finalmente el pleno, algo que podría repetir el socialista Patxi López, actual regente de la Cámara.

Rajoy ha optado por ralentizar el proceso en beneficio propio

El aspirante a presidente del Gobierno no ha tomado ejemplo de su antecesor. Si Aznar inició hace 20 años la ronda de reuniones justo la semana posterior a las elecciones, Rajoy ha decidido esconderse detrás del plasma y alargar la agonía con el fin de que su rival inmediato, Pedro Sánchez, no consiga repetir la fórmula de su homólogo portugués, que a pesar de no haber ganado las elecciones gobierna en el país gracias a una gran coalición de izquierdas.

La situación actual parece mucho más complicada que la de entonces, aunque el ex presidente delegó sus funciones en dos grandes figuras del partido. Rodrigo Rato fue el encargado de negociar con CiU, mientras que Jaime Mayor Oreja hizo lo propio con el PNV en unos encuentros en los que irónicamente llegó a participar el propio Mariano Rajoy, quien ahora parece incapaz de encontrar apoyos.

La negociación del 96 dio comienzo con el acuerdo entre PP y CiU para constituir la Mesa del Congreso con presencia de los nacionalistas catalanes, esos a los que el actual aspirante a la presidencia parece haber olvidado.

Preocupa, además, que parte de los acuerdos no sean públicos y escritos, pues ya en aquel tiempo eran combinados con cesiones secretas de las que nunca más se supo. De estas reuniones surgió el popular Pacto del Majestic, ese acuerdo que alcanzaron los populares y CiU en el que se incluían once puntos medidos al milímetro con cesiones de competencias, de impuestos e incluso acuerdos políticos como el aplaudido fin del servicio militar.

Los populares se jactaron de utilizar el artículo 150.2 de la Constitución, que permite traspasar competencias a las comunidades. Uno de los instigadores de esta elección fue el ministro de Administraciones Públicas, el "ciudadano" Rajoy, quien en esta nueva era se agarra a La Moncloa con la plena intención de no ser investido como Mariano "el breve".

El electorado popular parece hacer la vista gorda cuando se trata de su partido. Ese al que la corrupción le sale por los poros, incluso en pleno caos político y, en definitiva, nacional. España lleva dos meses sin presidente del Gobierno y don Mariano sigue insistiendo en que ni Valencia ni cualquier escándalo que se precie afectará a los pactos. Más que nada porque no tiene con quien hablar, pues ni Ciudadanos quiere ahora establecer contactos con su homólogo centralista. Está tan inmerso en su creencia que ha asimilado el espíritu de Donald Trump y ha hecho suyo el sentir de que "podría disparar a gente" en plena Gran Vía y, aún así, "no perdería votos".

Una segunda ronda de contactos sin expectativas de Gobierno

Felipe VI se enfrenta a la segunda ronda de contactos después de que, por primera vez en Democracia, un aspirante al Gobierno renunciase a la propuesta del Monarca para someterse a la primera sesión de investidura. Esta acción por parte del presidente en funciones ha puesto en jaque al Rey, pues no sólo le ha obligado a llevar a cabo una segunda semana de audiencias, ya que ahora se ve en la tesitura de tener que designar a un nuevo candidato que, de ser el líder socialista, Pedro Sánchez, le llevaría a intentar formar Gobierno antes que al propio Rajoy, el mismo que se ha jactado desde antes incluso de ganar las elecciones de decir que tenía que gobernar o, al menos, intentarlo, la fuerza más votada.

A pesar de que nuestra Carta Magna recoge que aquel que cuente con suficientes apoyos parlamentarios será el que deba intentar formar Gobierno, según el artículo 99 en concreto, es del todo difícil de aplicar cuando tienes por delante un Comité Federal, como es el caso de Sánchez, en el que se verá obligado a exponer a debate su hoja de ruta para llegar a La Moncloa. Todo esto frente a barones territoriales que no sólo le han dado la espalda, sino que le han puesto la zancadilla y no ven el momento de ver caer a su líder. Habría que darles una charla y recordarles que el propio Pablo Iglesias, el de verdad hasta que el actual consiga estar a la altura de su tocayo, si es que llega el caso, instigaba ya hace más de un siglo a los suyos a no contribuir “a convertir esta sociedad, inarmónica ya por antagonismo de intereses, en una sangrienta lucha de fieras”.

¿Y si nadie acepta la investidura?

Ni la propia Constitución española prevé un mecanismo para resolver tal escenario. Después de que Mariano Rajoy rechazara la propuesta de Felipe VI, cabe la posibilidad de que vuelva a dar la espalda al Monarca.

Sánchez también se opone a la elección antes de que lo haga el candidato del Partido Popular pues, como bien ha defendido desde las pasadas elecciones del 20 de diciembre, le corresponde a él como líder de la fuerza más votada intentar formar Gobierno. Aunque, por otra parte, y como estadista que es, el candidato socialista no se negaría ante la petición del Rey, tal y como confirmaba el secretario de Organización del PSOE, César Luena.

A la Casa Real no le queda otra que seguir “el orden constitucional paso a paso”, a pesar de que no recoja esta insólita situación. Cabe recordar que lo que sí recoge la Carta Magna es que, a partir del primer pleno de investidura, hay un plazo de dos meses tras el cual Felipe VI tendría que disolver las cámaras para convocar nuevas elecciones.

El hecho de que Rajoy, una vez más, se haya saltado a la torera los mecanismos históricos resultantes de la Democracia no hace sino plantearse la efectividad de la misma. El hecho de que un partido político, con o sin mayorías, lleve al país a un bloqueo institucional debería, al menos, dar que pensar a su electorado. El plazo hacia otros comicios no comenzaría a correr, en todo caso, hasta que la primera votación se celebre.

En vez de agilizar esta realidad disociada, la otra gran formación de la izquierda no hace sino poner trabas a Sánchez, en consonancia con su amigo Mariano, quien hasta le ha secundado en alguna ocasión como, por ejemplo, en Extremadura. Pablo Iglesias quiere ser la Soraya de Pedro Sánchez, un movimiento que parece pactado por esa pinza PP-Podemos a la sombra de la que tanto se habla cuyo único objetivo es poner al líder socialista entre la espalda y la pared.

La ambigüedad de Rajoy, más propia de un “antisistema y de un trilero que de un presidente en funciones” como sentencia Luena, así como el escueto mensaje de WhatsApp de Iglesias a Sánchez (“Pedro, tenemos que hablar sobre mi propuesta de Gobierno”), no hace sino entrever un nuevo ataque de la pinza, al que el socialista no podía contestar de otra forma: “Hay que respetar el tiempo de Rajoy”.

Ahora le toca al Comité Federal del PSOE, ese cónclave que tan severo y crítico se mostró cuando su candidato más lo necesitaba, dar el espaldarazo definitivo al proyecto progresista que derechas e izquierdas pretenden de esta nueva legislatura que está tardando tanto en arrancar.

Rajoy morirá matando, políticamente hablando, pues no asume aún su fracaso a pesar de las 24 detenciones de esta semana en plenas negociaciones, sin reparar en los registros o en esos aforados cuyos trapos sucios no terminan de salir a la luz. Juega sus cartas para que incluso no sea él quien acabe señalado como malo de la película. Mueve los hilos en la sombra con estrategias que han llevado incluso a Podemos, en sus antípodas ideológicas, a intentar desarmar a un PSOE tocado, pero no hundido. Y es que, querido Rajoy, la fuerza de uno es solo un accidente que se deriva de la debilidad de los otros y, hoy por hoy, te flaquean las fuerzas y la altura de miras que necesita este país.

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